Apuntes para todos los estudiantes y cursos

Chuleta San Pablo

«San Pablo es una figura fundamental del cristianismo. Humanamente hablando, sin Pablo el movimiento de Jesús de Nazaret no habría pasado de ser una secta desgajada del judaísmo ortodoxo de Jerusalén. Con Pablo el cristianismo se extiende, se consolida, adquiere un rostro original y una peculiar configuración. Pablo es en todos los sentidos una de las figuras más ricas y fascinantes de todo el Nuevo Testamento.

   «Sus cartas, incluso desde el punto de vista histórico-literario, constituyen la correspondencia más célebre de todas las épocas» («Comentario al N.T.» Casa de Biblia, 1995, Pág. 395).
Saulo nace en la ciudad de Tarso (Cilicia) que entonces pertenecía al Asía Menor y hoy a Turquía. Se desconoce el año de su nacimiento. Pero se puede calcular entre los años 5 y 10 de la era cristiana. Según la costumbre de muchos judíos que vivían fuera de Palestina, recibíó dos nombres: uno hebreo, el de Saulo, y el otro greco-latino, Pablo. A partir de su conversión al cristianismo usará el segundo.
Tarso, en esa época era una de las ciudades más florecientes del Asía Menor, rival de Roma y Atenas, por su cultura. El padre de Saulo era fariseo y lo envió a Jerusalén, siendo adolescente, a estudiar con el famoso
perseguir a los cristianos de Damasco para traerlos presos a Jerusalén.
Precisamente yendo hacia Damasco ocurrí-ría un suceso que dará un vuelco a su vida: «De repente le rodéó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me per- sigues? Él respondíó: ¿Quién eres Señor? Y él: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Hch. 9, 3-5).
Este encuentro con el Resucitado transformó totalmente la vida de Pablo. Comprobó que perseguir a la Iglesia es igual que perseguir a Jesús, su cabeza.
A partir de entonces la impetuosidad que había empleado en perseguir a los cristianos la usará en proclamar que la

rabino Gamaliel, sucesor de Hillel.
Los habitantes de Tarso gozaban del derecho de ser «ciudadanos romanos» y Saulo lo tiene por nacimiento. Sabe griego pero se siente orgulloso de ser israelita, de lo que nunca renegó, aún después de su conversión. Él mismo se confiesa que actuó como «fanático partidario de las tradiciones de sus antepasados (Gal.1.14) y era «del todo irreprochable en cuanto al cumplimiento de la ley se refiere» (Flp. 3.6). Su proyecto de vida como judío le ofrecía seguridad y una meta gloriosa. Dotado de férrea voluntad, muy sensible y apasionado, era enemigo despiadado de todo lo que se le opónía. Por eso odia a los cristianos y no duda en sostener las ropas de los que apedreaban a San Esteban, el protomártir cristiano, y en ofrecerse voluntario para
    Galacia. Al encontrar gran resistencia

salvación no está en el cumplimiento de la ley, como creía en su etapa de fariseo, sino en Cristo. Éste y la Iglesia serán, desde entonces, sus dos grandes amores a los que dedicará el resto de su vida y su fecunda actividad hasta ser decapitado hacia el año 67.
Después de su conversión, Pablo entra en contacto con la comunidad cristiana de Damasco donde conocíó más las enseñanzas cristianas y recibíó el bautismo de manos de Ananías. Éste al principio puso reparos pues había oído decir que Pablo había perseguido a los cristianos. Pero el Señor le dijo: «Vete pues, que éste me es un instrumento de elección que lleva mi nombre entre los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre» (Hch. 9, 15-16).
Pablo empezó a predicar a los judíos de Damasco, demostrándoles con las Escrituras que Jesús era el Mesías (Cristo) prometido a Israel. Luego parte para Arabía donde permanece tres años (Gal. 1, 18). Allí, indudablemente, Pablo repensó su formación bíblica judía para adaptarla a la luz de la revelación cristiana.
Entonces viaja a Jerusalén para conocer a Pedro;
allí también encuentra a Santiago «el hermano del Señor». Y conoce a Bernabé, que le presenta a los apóstoles, disipando toda sospecha de los cristianos hacia su antiguo perseguidor.
Una conjura de los judíos helenísticos para matarlo hizo que los cristianos, al saberlo, lo llevaran a Cesárea y después a Tarso (Hch 9, 20-30). Bernabé va a Tarso a buscarlo para llevarlo consigo a Antioquía, donde predicaron durante un año. Allí
en los judíos Pablo se dirigíó a los paganos. La conversión de estos planteó el problema de si había que circuncidarlos y obligarlos a observar la ley mosaica. Algunos cristianos procedente del judaísmo opinaban que sí. Se les llamó judaizantes. Decidieron que Pablo, Bernabé y otros propusieran la cuestión a los apóstoles en Jerusalén. Aquí fue el primer concilio eclesial, que decidíó por la negativa. San Pedro afirmó valientemente: «¿Por qué pues, ahora tientan a Dios, queriendo poner sobre el cuello de los discípulos en yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos sobrellevar? Nosotros creemos más bien que nos salvamos por la gracia del Señor Jesús, del mismo modo que ellos» (Hch 15,10).
Sin embargo los judaizantes persiguieron a Pablo durante toda su vida. El primer viaje había durado del 46 al 49.
Segundo viaje. Silas (Silvano) fue su compañero. Bernabé quería llevar a Juan Marcos. Pablo se negó porque los había abandonado en Panfilia. Se produjo un altercado y por fin Bernabé tomó consigo a Marcos y se embarcó rumbo a Chipre. Pablo y Silas recorrieron Siria y Cilicia consolidando las Iglesias fundadas en el primer viaje. En la ciudad de Listra se les une Timoteo.
Recorrieron Frigia y Misia. Parece que Lucas se les une en Tríade (Hch 16,14). En esta ciudad Pablo tuvo una visión nocturna que le suplicaba pasara a Macedonia. Era el primer territorio europeo que evangelizaba. En esa regíón fundó las comunidades de Filipos, que fue su preferida, Tesalónica y Berea. En la primera fue encarcelado y azotado. Luego pasó a Atenas, capital cultural de entonces. Su discurso a los intelectuales en el

recibieron por primera vez el nombre de cristianos los discípulos de Cristo.
Los viajes misioneros de Pablo
Pablo tiene clara conciencia de que Dios lo ha elegido para predicar la Buena Nueva, sobre todo a los gentiles, aunque no excluyó a sus compatriotas. Un día en Antioquía «mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: «Sepárenme a Bernabé y a Saulo para la obra a las que los he llamado. Entonces, después de haber ayunado y orado les impusieron las manos y les enviaron». (Hch. 13,25).
Primer viaje. Pablo tuvo de compañeros a Bernabé y a su primo Juan Marcos (futuro evangelista Marcos). Zarparon del puerto de Antioquía Seleucio. Recorrieron la isla de Chipre. En Salamina predicaron en la sinagoga. En Pafos «encontraron a un mago, un falso profeta judío Bar Jesús, que estaba con el procónsul Sergio Paulo, hombre prudente» (Hch. 13,6). El mago, llamado también Elimas, trató de apartar al procónsul de la fe. Pero Pablo, mirándolo fijamente le dijo: «Te quedarás ciego y no verás el sol hasta un tiempo determinado (v. 11). Así ocurríó. Entonces el procónsul creyó».
Los misioneros llegaron a Pergue de Panfilia, donde Juan Marcos los abandonó y regresó a Jerusalén. Pablo y Bernabé recorrieron las ciudades del sur de la regíón de
Areópago fue un fracaso. Desde entonces Pablo tendrá frases duras contra la filosofía, porque pensaba no contribuía a la fe cristiana.
Por fin llegó al puerto de Corinto, importante ciudad, en que le acogíó el matrimonio judeo-cristiano de Áquila y Priscila. Allí permanecíó año y medio evangelizando y logrando muchas conversiones de judíos y griegos. Antes de regresar a Antioquía escribíó al menos una carta a los cristianos de Tesalónica, que sería el primer escrito del Nuevo Testamento. Los críticos creen que la segunda la escribíó un discípulo del Apóstol. Su segundo viaje había durado tres años.
Tercer viaje. El año 54 inicia Pablo su tercer viaje misionero. Su centro de operaciones es Éfeso, capital de Asía Menor. Allí estuvo tres años aproximadamente y escribíó las cartas a los Gálatas y a los Filipenses. El 57 recibe alarmantes noticias de Corinto, por las rivalidades entre los cristianos. Les dirige varias cartas (parece que una se ha perdido). Los Plateros de Éfeso se amotinan y Pablo abandona la ciudad. Entre tanto Tito había ido a pacificar Corinto. Pablo sale para Macedonia, donde se encuentra con Tito, de regreso a Corinto. Le informa que los corintios han hecho las paces con él.
Pablo los visita y permanece con ellos tres meses. Desde allí escribíó su enjundiosa carta a los Romanos, la más
    
importante del epistolario paulino. Piensa visitar Roma y España. En cuanto a esta última es bastante probable que lo hiciera, aunque no hay certeza.
El Apóstol viaja a Jerusalén con sus compañeros. Visitan a Santiago, el «hermano» (pariente) del Señor, que regía aquella comunidad.
Pablo organiza una colecta para los pobres de Jerusalén a la que responden generosamente los cristianos de Galacia, Macedonia y Grecia.
Prisión
Los judaizantes estorban la actividad misionera del Apóstol. Judíos venidos de Antioquía le acusan de violar la ley de Moisés.
Lo agarran, lo sacan del templo e intentan su muerte. Lo salvan el tribuno y los soldados romanos, pero Pablo es encarcelado. Por miedo a los judíos el tribuno envía al Apóstol a Félix, procurador de la provincia romana en Judea, que lo tuvo preso dos años (58 al 60).
Porcio Feto es el nuevo procurador. Ante él Pablo usa su condición de ciudadano romano y «apela a César», es decir a ser juzgado en Roma. Para allí sale, bajo vigilancia predicando el Evangelio. El 61 sufre prisión domiciliaria por dos días vigilado por un soldado en su casa. Con todo sigue predicando allí. Probablemente allí escribe las cartas a Filemón y a los Filipenses. Las dirigidas a los Colosenses y a los Efesios, hoy se cree que fueron escritas por sus
La pureza del corazón importa más que las purificaciones legales, la misericordia hacia el prójimo más que la ley del descanso sabático.
Debemos obrar el bien. Pero no son nuestras obras las que nos salvan, sino Jesús crucificado y la fe que, obrando por la caridad, fructifica en las obras y las hace meritorias. De modo que el amor es la plenitud de la ley y nos salvamos por la fe, no sin las obras. Éstas demuestran la fe. Por no ver la uníón entre la fe y las obras, muchos han tropezado desviándose del pensamiento de San Pablo.
Tercera intuición: La libertad de los hijos de Dios. El amor y el Espíritu nos hacen libres; libres del mal, del pecado y de la misma ley, porque entonces no obramos por temor, ni por cumplir la ley sino por amor. Por eso los que son conducidos por el Espíritu no están ya bajo la ley ni por encima de ella.
Pablo es conciente de que la verdadera libertad está en aceptar la cruz. «En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo!, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál. 6,14).
Conclusión
Maritain escribe: «Lleno de los dones del Espíritu, de las gracias de la contemplación mística y de los carismas proféticos, es el maestro por excelencia de la perfección cristiana y de los carismas proféticos, es el maestro por excelencia de la perfección cristiana y de la uníón con Dios. Un San Juan de la Cruz se relacionaría ante todo con él. El

discípulos.
Últimos años
Después de su prisión domiciliaria Pablo fue liberado. Quizás fue a España el 63 y regresó a Oriente.
Por fin, aparece preso en Roma. Se cree que murió decapitado el año 67 en la persecución de Nerón. Probablemente San Pedro había muerto crucificado tres años antes, también en Roma.
Tres intuiciones. El insigne filósofo católico francés Jacques Maritain (1882-1973) en su libro «El pensamiento vivo de San Pablo» (Buenos Aires, 1943) pretende resumir el pensamiento del Apóstol en tres intuiciones:
Primera intuición: El sentido de la universalidad del Reino de Dios y el sentido de la salvación por la fe, no por la Ley.
Los judíos, en general, pensaban que sólo ellos estaban llamados a la salvación. Pero el Reino de Dios es para todos. Dios quiere que todos se salven. Es la voluntad salvífica universal.
Ligada a esta situación está la afirmación que la salvación no es por la Ley mosaica sino por la fe en Cristo. Claro que es una fe que obra por el amor (Gál. 5,6).
Segunda intuición: La primacía de lo interior sobre lo exterior, del espíritu sobre la letra, de la vida de la gracia sobre las observancias externas. San Pablo captó mejor que nadie la revolución espiritual realizada por Jesús.
dinamismo irresistible que atraviesa toda su doctrina llena a las almas hasta esta perfección de la caridad. Trabajando sin cesar para hacer morir al hombre viejo1, que ha recibido ya en el alma dotada de gracia el principio de su muerte, pero cuya muerte debe completar sin descanso, todo el esfuerzo ascético tiende hacia la libertad de los perfectos, que no es ganada sino sólo preparada por el trabajo del hombre y recibida de la vida de Dios que se introduce en nosotros» (o.C. Pág. 23-24).
Leyendo y meditando las cartas de San Pablo aprenderemos a vivir unidos a Cristo, como él: «Vivo yo, más no soy yo, es Cristo que vive en mí» (Gál. 2,20). Cuando experimentamos nuestra debilidad, recordaremos lo que él escribíó: «Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Fip. 4,13). Y tendremos presente que «la caridad todo lo excusa; todo lo cree; todo lo espera; todo lo soporta» (1 Cor. 13,7).
Nota
1. Hombre viejo y hombre nuevo en San Pablo significan: el primero el hombre que se deja llevar del egoísmo, de sus inclinaciones naturales; el segundo es el hombre que se deja conducir por el Espíritu Santo, que lo invita y le da fuerzas para amar al prójimo como lo ama Cristo. El hombre viejo debe ir muriendo cada día para que se fortalezca el hombre nuevo.

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