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Teatro como genero innovador

1. INTRODUCCIÓN. A principios del Siglo XX se suceden en toda Europa diferentes movimientos artísticos y culturales que configuran un panorama muy rico y variado. En un contexto dominado por la tensión bélica entre naciones que dará finalmente lugar a la Primera Guerra Mundial, el teatro vive un momento de expansión en el que se suceden diferentes corrientes renovadoras que transitan todo el continente europeo y que se relacionan con las vanguardias literarias. En España, además de la coexistencia de diferentes generaciones de dramaturgos, reflejada en la convivencia de muy diferentes corrientes en una misma época, asistimos a un enorme auge del hecho teatral que se traducirá en una gran cantidad de obras publicadas y estrenadas durante el periodo que nos ocupa. La actividad en torno a lo dramático será muy intensa, especialmente en las grandes ciudades como Madrid. 2. EL TEATRO A PRINCIPIOS DE SIGLO. Podemos agrupar las diversas manifestaciones teatrales en dos líneas generales: 2.1. TEATRO COMERCIAL. Se trata de un teatro plenamente aceptado por el público, que abarrotará las salas y convertirá el espectáculo en un verdadero negocio. Heredero en cierta forma del teatro del Siglo XIX, podemos señalar dentro de este grupo diferentes tendencias: – La comedia burguesa. Representada principalmente por Jacinto Benavente, se trata de un teatro de mucha calidad formal pero que está limitado en sus contenidos, debido a la dependencia de un público que solo aceptará una crítica amable de la sociedad. Obras como “Los intereses creados” o “La malquerida” convirtieron a Benavente en uno de los preferidos en las tablas madrileñas, obteniendo muchísimo éxito. – El teatro en verso. Con un tono neorromántico que incorpora elementos modernistas y una ideología tradicionalista, este teatro cultivará sobre todo el drama histórico y rural. Destaca Eduardo Marquina, con obras como “Las hijas del Cid”. – Otras tendencias. En este grupo heterogéneo podemos encuadrar a diferentes autores con carácterísticas propias que comparten, en general, la comedia como rasgo principal. Así, Carlos Arniches y sus tragedias grotescas, con obras como “La señorita de Trevélez” o Pedro Muñoz Seca y su pieza “La venganza de don Mendo”, que parodia los dramas ROMánticos con un humor exacerbado, encajan dentro de esta línea comercial que busca el favor del público. El sainete (pieza teatral breve de tema jocoso y normalmente de carácter popular), será cultivado por muy diversos autores, entre los que destacan los hermanos Álvarez Quintero, que siguen el carácter costumbrista de Ramón de la Cruz y cuyas obras se sitúan principalmente en la sociedad rural andaluza. 2.2. TEATRO RENOVADOR. Denominado también anticomercial o experimental, agrupamos en este epígrafe una serie de autores y obras que, influidos por las nuevas tendencias europeas, pretenden renovar la escena, aunque esto suponga no tener el favor del público y, en muchas ocasiones, no ver sus obras representadas. A pesar de la heterogeneidad existente, podemos señalar algunos rasgos comunes: – Rechazo del Realismo. En consonancia con las vanguardias literarias de la época, este teatro huirá de la representación fiel de la realidad, por considerar agotada esta vía para dar cabida a las nuevas ideas exploradas. – Cauce de reflexión filosófica. Especialmente en los autores de la Generación del 98 se aprecia un giro hacia la expresión de los conflictos existenciales que caracterizan a estos autores. Así, Unamuno o Azorín tenderán a esquematizar elementos como la acción o la escenografía en favor de una gran densidad de contenido, con una fuerte carga simbólica en sus obras. – Presencia de la tradición. En relación con el primitivismo presente en la literatura de la época, se recuperarán formas y géneros tradicionales, en una síntesis que nos recuerda al Neopopularismo de la Generación del 27. Así, el auto sacramental, la tragedia o la farsa serán cultivados por estos autores. Podemos apreciar además dos tendencias o fases, muy vinculadas entre sí, dentro de este teatro renovador: – Un teatro que entronca con el ideario de la Generación del 98 y que tendrá en Unamuno (“La venda”), Azorín (“Lo invisible”) y Jacinto Grau (“El señor de Pigmalión”) a sus máximos representantes. Lo irreal, lo simbólico y los elementos expresionistas estarán presentes en estos autores, a los que debemos añadir a Valle-Inclán, del que hablaremos más adelante. – Otra dramaturgia, más relacionada con los rasgos literarios de la Generación del 27 y a la que debemos la depuración del teatro poético, la incorporación de formas vanguardistas y el intento de acercar el teatro a un público popular. Entre estos autores destacan García Lorca, Alejandro Casona, Max Aub (“Espejo de avaricia”) y Rafael Alberti (“El hombre deshabitado”). 3. RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN. Gallego de nacimiento, vivíó en Madrid durante muchos años, donde participó activamente de la vida literaria de la época a través de las tertulias celebradas en locales emblemáticos como el café Gijón. Escritor complejo y contradictorio, evoluciónó en su obra desde posturas tradicionalistas hasta llegar a la crítica social dura y mordaz. Comenzó su trayectoria dramática con obras de corte modernista (“El marqués de Bradomín”, 1906), aunque abandonó pronto esta tendencia.
Su obra dramática se suele dividir en tres ciclos: – Ciclo mítico. Partiendo de su Galicia natal, Valle crea un mundo mítico e intemporal. La irracionalidad, la violencia, la lujuria, la avaricia y la muerte rigen los destinos de los protagonistas. Pertenecen a este período la trilogía “Comedias bárabaras” (“Cara de Plata”, “Ágüila de blasón” y “Romance de lobos”) y “Divinas palabras”. – Ciclo de la farsa. Se trata de un grupo de comedias recogidas en un volumen titulado “Tablado de marionetas para educación de príncipes” (1909, 1912, 1920). Estas obras presentan un continuo contraste entre lo sentimental y lo grotesco, y sus personajes, marionetas de feria, anuncian la llegada del esperpento. – Ciclo del esperpento. Está formado por “Luces de bohemia” (1920 y 1924) y el volumen titulado “Martes de carnaval” (1930). El esperpento, más que un género literario, es una nueva forma de ver el mundo, ya que deforma y distorsiona la realidad para presentarnos la imagen verdadera que se oculta tras ella. Para ello utiliza la parodia, humaniza los objetos y los animales y animaliza o cosifica a los seres humanos.

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