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La casa de acacias

El año del diluvio pertenece al genero de la épica, y se caracteriza por ser una novela de tipo trágico, cuya historia tiene en el fondo una función de denuncia social muy clara.Como tema principal de la obra, podría ponerse por una parte, el dilema que sufre una monja al descubrir que se ha enamorado de un hombre, y como lo afronta. Sin embargo, desde otro punto de vista el tema de la obra podría ser también la denuncia contra el estado de la sociedad en los años más duros de la dictadura franquista.

Sor Consuelo era la madre superiora de una comunidad religiosa en un pequeño pueblo, San Ubaldo, en la ciudad de Bassora, Barcelona. Tenía a su cargo un ruinoso hospital, el cual pretendía reconvertirlo en un asilo de ancianos y acude a casa de Augusto Aixelà, un rico cacique que vivía solo, para pedirle su colaboración financiera. Éste decide ayudarla y las visitas de la monja a casa de los Aixelà se suceden. Pese a que todos los conocidos del seño Aixelà hablaban mal de él, tachándolo de mujeriego, esto no pudo evitar que ambos se enamorasen.

Sor Consuelo se sentía en pecado y decidíó mandar una carta a la Superiora Provincial declarándole sus sentimientos y pidiéndole su traslado a otro lugar o incluso internar en clausura. Después de que hubo enviado la carta, decidíó ir a casa de Aixelà para agradecerle a Augusto todo lo que había hecho por el hospital y comunicarle su marcha. Fue en casa de Aixelá donde la religiosa cayó en pecado, entregándose en cuerpo y alma a Augusto. Después de todo esto le prometíó que volvería en la noche, pues pretendía abandonar la religión para marcharse con él.

A la noche, de camino a su cita, un bandolero la asaltó en el camino y le pidió que lo acompañase pues necesitaba su ayuda para curar a un familiar. La monja lo acompañó a un refugio escondido en las montañas donde halló a otro bandolero del pueblo, muy parecido al jardinero que trabajaba en casa de Aixelà. Estaba herido de bala en una pierna. La monja mandó a uno de los allí presentes al hospital en busca de penicilina para curarle al pierna al herido, pero de vuelta al refugio, la Guardia Civil lo arrestó y éste confesó dónde se escondían sus compañeros. Mientras no llegaron los guardias a detenerlo, el bandolero le dijo que él había ingresado en la cuenta del hospital dos millones de pesetas que había conseguido robando. También le declaró que la había estado siguiendo durante un tiempo, que el cartero le había entregado a él la carta que la monja había enviado a la Superiora Provincial y que todo esto lo había hecho porque estaba enamorado de ella. Cuando los guardias llegaron, el bandolero había muerto. Al amanecer de ese día, sor
Consuelo volvíó a casa de san Augusto para explicarle la causa de su retraso en su cita pero al llegar allí Pudenciana, la guardesa de Augusto Aixelà, le informó que éste se había ido sin decir a dónde y para no volver en mucho tiempo.

La monja siguió en el hospital hasta que se hizo el asilo, luego fue trasladada a otros asilos y residencias, las cuales mejoró mucho.

Treinta años después, cuando ya estaba muy enferma fue devuelta a San Ubaldo. El doctor Suñé fue el encargado de cuidarla hasta su muerte. El día antes de su fallecimiento le pidió al doctor Suñé que la acompañase a casa de Aixelà, donde pasaron la tarde. De vuelta a casa el doctor le contó como habían sido los últimos años de vida del señor Aixelà, quien había muerto en el asilo siendo pobre, pues había derrochado toda su riqueza, y odiado por todos.

A la mañana siguiente murió sor Consuelo dejando escrita una carta para el doctor Suñé en la que le contaba su triste historia de amor.

Sor Consuelo era una monja que acababa de ser nombrada superiora de la comunidad que tenía a su cargo un hospital en la localidad barcelonesa de San Ubaldo de Bassora. Al llegar allí, descubríó la cruda situación en que se encontraban las instalaciones: el hospital era un edificio arcaico y ruinoso, con aspecto de castillo, por cuyas falsas almenas asomaba de cuando en cuando el rostro cerúleo de algún enfermo desahuciado. Esto, junto con el hecho de que se prevéía la construcción de un nuevo hospital por parte del estado, hicieron que Sor Consuelo tuviese la idea de transformar el viejo hospital en un centro asistencial. Sin embargo, para llevar su empresa a buen puerto, la hermana necesitaba un gran capital, que ni ella ni la orden poseían. Por ello, acudíó a casa de don Augusto Aixelà: el hombre más rico y poderoso del pueblo, con la intención de pedirle dinero.

Ya desde el momento de conocerse, el señor Aixelà se tornó a la monja como una persona encantadora y agradable. De hecho, tras un primer intento fallido de hablar con él, la madre superiora acudíó el día que se le había asignado para su visita a la mansión. Allí, al recibirle, le ofrecíó un refresco y le presentó sus excusas por lo ocurrido unos días antes. Esta actitud del pequeño cacique local chocaba con la descripción que le habían hecho a la monja de él, y así despertó en el interior de la religiosa una sensación nueva para ella, y que a la vez de fascinarle le desconcertaba y le asustaba: el amor. Sor Consuelo continuó yendo a casa de don Augusto durante un tiempo, con la construcción del asilo como pretexto. El amor y la admiración que sentía por don Augusto fueron a más cuando éste le prometíó que sugeriría su proyecto a algunos conocidos en el gobierno, de forma que tal vez se pudiese conseguir una subvención oficial.

Esta nueva forma de sentir supuso para la monja un gran golpe psicológico y, ante la confusión que sufría en el momento, decidíó alejarse de todo y tratar de olvidarse de su amado. Para lograrlo, mandó una carta a su superior en la orden solicitando un traslado a otra parte de España. Sin embargo, sus más íntimos remordimientos le hacían pensar que no podía marchar de allí y desaparecer si ni siquiera dar alguna explicación a aquella persona de la que se había enamorado. Por tanto, decidíó ir aquella misma noche a casa de don Augusto, aunque no llegó hasta mucho después de lo que pensaba, ya que nada más salir del hospital fue coaccionada por una figura que sosténía una linterna para acompañarle al monte a curar a un herido que, según él, solo podía ser atendido por ella. El tal enfermo resultó ser un conocido bandolero de la zona, cuyas amenazas llevaba recibiendo durante mucho tiempo Augusto Aixelà. Poco pudo hacer por él la hermana, ya que su herida era muy complicada. En realidad, lo que pretendía el bandolero al llevarla allí no era sino decirle dos cosas: en primer lugar, que no se fiase de Augusto Aixelà, ya que según su experiencia era un cabrón y un miserable. Además, también quería decirle que si todo había salido bien, habría recibido una transferencia por valor de dos millones de pesetas, destinados a financiar el asilo de ancianos.

Cuando poco después de morir el bandolero, llegó la guardia civil a la guarida en la que estaba escondido el grupo, sor Consuelo solicitó ser trasladada a la casa del señor Aixelà, a quién estaba deseando hablar de lo sucedido.

Sin embargo, la gran desilusión llegó cuando el administrador del señor Aixelà, aprovechando la ausencia de su jefe, se reuníó con la hermana para desmentirle algunas de sus creencias. Entre otras cosas, le explicó cómo realmente, y pese a que lo pareciese, don Augusto no estaba enamorado de ella, sino que no era más que un capricho para él. Además le aseguró que, con total seguridad, el proyecto del asilo no había estado en ningún momento en manos del mismísimo director general, tal y como se lo había dicho el cacique anteriormente.

Esta información, sumada a lo que le había dicho momentos antes el fallecido, hacen que la monja se dé cuenta de cómo ha sido engañada durante todos esos días, y decide definitivamente marcharse.


Sor Consuelo, cuyo nombre de pila es Constanza Briones, es la protagonista de El año del diluvio. El autor, ya desde el principio de la obra, nos presenta a la monja como un personaje apacible, agradable y con cierto aire de inocencia, ya que a pesar de tratarse de la madre superiora de un convento de la zona, se siente intimidada por la fama de don Augusto: … Bajo un sol terrible, por la cuesta que conducía a la finca subía resoplando una monjita. […]se detuvo unos instantes para hacer acopio de valor porque temía ser mal recibida. Le sirve al autor para darle un matiz dramático a la historia: la incertidumbre de la religiosa al sentir que el amor físico por un hombre.

Augusto Aixelá tiene en la novela un papel casi tan importante como el de sor Consuelo. Las descripciones que se dan de él son muy distintas según quien hable, de forma que, cuando la monja se reúne con él por primera vez le describe así: Era alto y enjunto y su porte, a pesar de la edad, conservaba buena parte de la antigua desenvoltura juvenil; tenía el cabello negro y las arrugas que le cruzaban la frente no parecían producidas por el paso de los años, sino por una actitud perenne de divertida perplejidad.

Éste personaje tan solo aparece en los últimos capítulos de la novela, pero en realidad está presente durante toda la historia con la forma de un miedo que tiene Augusto Aixelá. Su nombre no se menciona en ningún momento, pero esto tiene una razón de ser si se le adjudica a este personaje un papel simbólico. Podría interpretarse su función como la de representar una parte de todos los habitantes del pueblo. Esta teoría se refuerza al tener en cuenta que, tal y como relata el bandolero, todos los habitantes del pueblo son familiares. Esto es una forma de decir que tienen algo muy personal e íntimo en común, y es posible que se refiera a la ideología y la opinión sobre la situación en la que están viviendo. 

Pudenciana: es una mujer de mediana edad que ejercía de guardesa en casa de Augusto Aixelà. Era cotilla y le informó a la religiosa sobre las habladurías que se corrían en el pueblo sobre su señor.

Bandolero: es el hombre al que intenta curar sor Consuelo y el donante de dos millones de pesetas para la construcción del asilo. Está enamorado de la religiosa. Dice odiar a la humanidad pero se le ve que es bondadoso por la gran donación que hace, justificándola al hecho de que su madre es mayor y está enferma y necesita un asilo para que alguien la cuide.

Espacio

La obra se desarrolla en San Ubaldo, un pequeño pueblo catalán perteneciente a la ciudad de Bassora en la provincia de Barcelona.

5. Tiempo

Los hechos se desarrollan durante los años cincuenta, en un año marcado por una enorme sequía y más tarde unas grandes lluvias que asolaron gran parte de la regíón dejando a muchísimas familias es la más absoluta miseria.

7. Estilo

Del estilo de esta obra cabe destacar que en toda la narración el escritor usa un vocabulario muy buscado y cuidado. Emplea un registro formal que salpica con algunas palabras cultas utilizadas a la hora de hacer descripciones, no en la boca de los personajes. No hace diferencias entre clases sociales en cuanto a la forma de expresarse; esto lo comprobamos al ver que tanto las monjas, personas instruidas en aquella época, como los bandoleros, personas con una bajísima competencia lingüística debido a la escasa educación, usan un lenguaje no extremadamente cuidado pero prescindiendo en todo momento de los vulgarismos.

8. Conclusión personal

En cuanto a mi opinión sobre la novela, debería decir que me ha encantado. Es una lectura muy rápida e interesante. El argumento es elaborado y peculiar ya que el final se sale de los moldes de cualquier novela de amor.

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