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Legis actio

La «Oratoria» es la aplicación práctica de las leyes de la Retórica con vistas a la elaboración y pronunciación de discursos. La retórica es ciencia, teoría; la oratoria es uno de los aspectos prácticos de esta teoría.  Origen y desarrollo El origen de la retórica está en Sicilia y, más concretamente, en Siracusa, cuando, derrocados los tiranos de ésta y el resto de ciudades sicilianas, los ciudadanos libres, para recuperar sus propiedades ilegítimamente confiscadas en el régimen anterior, promovieron numerosos procesos civiles, práctica que animó a Tisias y a Córax a redactar un tratado en el que se examinaban y expónían las reglas de la elocuencia, o arte de la persuasión por medio de la palabra. Algunas de estas normas eran, por ejemplo, la división del discurso en tres partes (proemio, centro y epílogo), el uso de la argumentación a base de la probabilidad, etc. De una ciudad siciliana, concretamente de Leontinos, llegó a Atenas como embajador en el 427 a. C. Gorgias, quien pronunció un discurso que dejó maravillados a los atenienses. Se instaló después en Atenas y se consagró a la enseñanza de la retórica. Es considerado como el verdadero padre de la prosa artística ática. Se añadieron, además, otros rhetores y sofistas extranjeros, y también maestros de Atenas. El desarrollo de la oratoria en Atenas se debe a la existencia de un régimen democrático. En él, la oratoria era un arma esencial en la política y en los asuntos legales; “rhetor” es, en Atenas, sinónimo de “político”. Su desarrollo es paralelo al de la sofística, la revolución cultural que se asienta en Atenas en el siglo V a. C. Y que hace surgir una nueva filosofía, una nueva retórica. La oratoria en Roma El primer prosista y orador romano del que se tiene noticia es Apio Claudio el Ciego, censor del siglo III a. C. Famoso por su carácter agrio, pero de amplios recursos políticos. Cicerón, en cuya época circulaban aún sus discursos, lo califica como notable orador. Pero la oratoria comenzó a establecerse realmente en Roma con la llegada de los rhetores griegos traídos por los patricios para que educaran a sus hijos. Se produjo con ello un cambio fundamental en la enseñanza de los jóvenes romanos, ya que se empezó a estudiar e interpretar la literatura clásica griega bajo la disciplina fundamental de la retórica. Aparecíó en este contexto toda una corriente filohelénica en torno al Círculo de los Escipiones (s. II a. C.), quienes difundieron la literatura, la filosofía, el arte y la cultura griega en general entre las capas altas de la sociedad romana. El rhetor completaba la educación impartida por el litterator y el grammaticus con ejercicios denominados suasoriae y controversiae: las suasoriae eran consultas ficticias hechas a personajes ilustres, que debían explicar los motivos que les llevaban a tomar una decisión en una situación concreta; las controversiae consistían en ejercicios prácticos de nivel más avanzado con un contenido preferentemente jurídico y un alcance dialéctico elevado. El joven adquiría en el Foro la experiencia necesaria para completar su preparación escuchando los discursos de los oradores famosos. Todo ello supónía para el alumno el desarrollo de su agilidad mental, la adquisición de una mayor capacidad oratoria y la disciplina necesaria para enfrentarse a las situaciones políticas y jurídicas reales que se le iban a presentar en su carrera.  La expansión de la influencia helénica encontró la oposición de los romanos que defendían la superioridad de la cultura y civilización propia; al frente de ellos se situó Catón el Censor (234-149 a. C.), cuya xenofobia se hizo famosa por sus manifestaciones públicas, impregnadas no obstante de la técnica oratoria que comenzaba entonces a influir en toda creación literaria. De Catón nos quedan fragmentos de 80 discursos, pero Cicerón conocía más de 150. En ellos demuestra ingenio, sencillez y honestidad. Según Catón, el orador es «un hombre de bien, experto en el arte de la palabra» porque no debe buscar la eficacia del discurso dejando a un lado el análisis de los problemas morales. Catón concebía el discurso como un todo en el que la expresión formal surge necesariamente del contenido: rem tené, verba sequentur, domina el tema, que las palabras vendrán solas. La oratoria alcanzó su mayor desarrollo en el marco de las luchas sociales que caracterizaron la historia de Roma del último siglo de la República. En este sistema político se daban las condiciones de libertad suficientes para que los ciudadanos se pudieran manifestar públicamente y, además, el sistema judicial tenía cierta independencia. Así, el conocimiento de los mecanismos de la oratoria era el medio más eficaz para convencer a los demás y tener la mayor influencia sobre un público generalmente de menor preparación. De esta forma, la oratoria se convirtió en un arma política, ya que con ella se podían conseguir los votos de los ciudadanos y el apoyo de los miembros del senado. Además, la oratoria era un recurso imprescindible en las causas judiciales, en las que el abogado debía inclinar en favor de su cliente la voluntad de los jueces. De esta época y hasta la aparición en escena de Cicerón, la figura culmen de la oratoria romana, debemos citar a algunos políticos que destacaron en el campo de la oratoria impulsados por la necesidad de defender sus ideas: de los hermanos Graco, líderes de la reforma agraria del 133, destaca Cayo, descrito por Cicerón como un gran erudito de oratoria vehemente, pero que no sabía rematar bien sus discursos. También debemos citar a los que Cicerón consideraba sus maestros: Marco Antonio (abuelo del famoso triunviro) y Lucio Licinio Craso, cónsul en el 95, cuyos discursos seguían las reglas de la oratoria griega. Contemporáneo y antagonista de Cicerón en juicios importantes como el de Verres (70) fue Hortensio, abogado brillante de oratoria ampulosa que fue eclipsado por rival, lo que no impidió que elogiara su oratoria en dos de sus obras. También es ensalzado por Cicerón Julio César, al que considera el más ingenioso y dialéctico de los oradores romanos. Como en la Atenas de finales del siglo IV, durante la época imperial romana cambiaron las condiciones sociales y políticas y la oratoria ya no se practicaba en contacto directo con las asambleas o los tribunales, por lo que se convirtió en puro artificio y pasó a ser un ejercicio literario practicado sólo en el marco de las escuelas. CICERÓN  Por encima de todos los nombres citados, destaca, sin embargo, de manera notable la figura de Cicerón, el más importante orador de la historia romana y asimismo el más destacado teórico de la técnica retórica de su tiempo.  Los discursos: actividad oratoria  La actividad oratoria de Cicerón está íntimamente vinculada a los sucesos del último periodo republicano. Algunas de sus piezas, además obras maestras del género oratorio son testimonios de una época. Destacaremos entre sus 58 discursos conservados sus discursos contra Verres, que le valieron el primer puesto como orador, las Catilinarias pronunciadas durante su consulado para conjurar un intento de Golpe de Estado, o sus famosísimas Philipicae contra Marco Antonio que le costaron formar parte del número de represaliados, en su último intento por defender el sistema político republicano, condenado ya en ese momento a un rápido final. La actividad de Cicerón como orador político y jurídico se desarrolla a lo largo de su vida pública de forma paralela a la historia de la agitada Roma del siglo I. A. C. En el campo jurídico destaca su labor como abogado defensor en discursos como Pro Quinctio, Pro Roscio Amerino, Pro Archia poeta, Pro Sulla, Pro Murena, Pro Milone, los discursos contra Verres (como acusador), etc. Como político, son famosos sus ataques a Catilina (Catilinarias) y a Marco Antonio (Filípicas), y el De Cnei Pompei Imperio, discurso a favor de la propuesta de renovar el mando de Pompeyo en Asía. Cicerón preparaba escrupulosamente sus discursos: en primer lugar, recogía con el máximo cuidado el material de su intervención (inventio), se esforzaba por lograr una estructuración (dispositio) y un estilo (elocutio) óptimos y cuidaba al máximo la ejecución (actio). Nuestro orador concedía una importancia decisiva a la actio, es decir, a la interpretación del discurso, la gestualización, la voz, etc. También parece que contaba con una memoria excelente, puesto que el discurso debía pronunciarse de memoria simulando improvisación. Estilo La prosa de Cicerón es el resultado de un arduo trabajo de composición. La frase adquiere toda clase de modalidades en el acoplamiento de la idea al ritmo; el autor crea períodos complejos en los que juega con la simetría y asimetría de los miembros, pero calculando perfectamente la estructura de las cláusulas finales de los párrafos para conseguir que su prosa esté cercana a la expresión versificada, carácterística que ha dado lugar a que se conozca su discurso oratorio como “prosa métrica”. El estilo de Cicerón no permanecíó inalterado a lo largo del tiempo. De sus primeros discursos, más retóricos y cercanos al asianismo fue moderando sustancialmente tales rasgos, especialmente a partir de su viaje a Grecia a recibir las enseñanzas de Molón de Rodas. Cicerón no duda en hacer uso de las asonancias, las cláusulas rítmicas y los procedimientos que tiene a mano para lograr un efecto patético y atraer la atención de su auditorio en los momentos álgidos del discurso o cuando su línea de argumentación se resiente por falta de consistencia; en cambio, la parte expositiva de sus discursos (narratio, argumentatio) es más austera. El secreto es finalmente la mejor acomodación entre el contenido y la forma (res, verba). Cicerón es además el creador del periodo sintáctico artístico: una adecuada disposición lógica de las palabras de manera que su combinación presente la forma más eficaz, una simetría y equilibrio entre las distintas partes del periodo y una cuidada colocación de las cláusulas rítmicas que produzcan los efectos deseados son los secretos del más perfecto paradigma de la prosa latina, en la que cada palabra ocupa el lugar que resulta más efectivo, las frases y los periodos presentan una cuidadísima arquitectura y los recursos expresivos colaboran en la construcción de una lengua íntimamente solidaria de las ideas aportadas por el orador. Las obras retóricas de Cicerón Además de su actividad como orador Cicerón fue un teórico de suma importancia. Después de una obra de juventud De inventione en la que ya adelantaba algunas de sus ideas fundamentales, compuso sus tres obras esenciales: De oratore, Brutus y Orator, todas en forma de diálogo ficticio entre los personajes más importantes de su tiempo sobre diversos aspectos de la retórica. En resumen, los presupuestos básicos de las tres obras son los siguientes: – planteamiento de los requisitos del buen orador; en este punto Cicerón insiste en la insuficiencia de una preparación basada exclusivamente en las la retórica, defendiendo una educación global del orador y especialmente en el terreno de la filosofía como área de conocimiento.

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