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Antecedentes causas y consecuencias de la revolución rusa 1917

a guerra afectó a todos los países contendientes, pero en el Imperio Ruso tuvo profundas consecuencias. Generó una revolución, en 1917, sin precedentes y transformó por completo el sistema económico, político y social.
A comienzos del Siglo XX, el Imperio de los zares era un inmenso territorio donde aún pervivía el absolutismo monárquico. Políticamente, el zarismo era una autocracia, es decir, el zar tenía un poder absoluto: gobernaba por decreto, no estaba sujeto a ninguna constitución ni respondía ante un Parlamento.
Una fiel burocracia y un poderoso ejército aseguraban el control del Imperio, mientras que la Iglesia ortodoxa constituía uno de los grandes pilares ideológicos del régimen.
La economía y las estructuras sociales del Imperio ruso eran de las más atrasadas del continente europeo. La agricultura constituía la principal actividad económica y la tierra estaba en manos de una aristocracia privilegiada, inmensamente poderosa y rica.
Los campesinos, la mayoría de la población, estaban sometidos a un régimen casi feudal, desaparecido en la mayor parte de Europa, que los condenaba a unas condiciones de vida miserables. La servidumbre personal se mantuvo hasta 1865 y, aunque se abolíó, el poder de la nobleza terrateniente la mantuvo intacta.
En algunas zonas del Imperio se había iniciado un proceso industrial impulsado, en buena parte, por capital extranjero. Allí había surgido un numeroso proletariado industrial que trabajaba en grandes fábricas, casi la mitad de los obreros trabajaban en empresas de más de 500 trabajadores, por unos salarios miserables.
Las primeras corrientes de oposición, populistas y anarquistas se desarrollaron entre los campesinos, pero sin establecer alternativas claras. Entre los obreros industriales se difundieron las ideas marxistas.
En 1898 se fundó el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, que tenía como líder más destacado a Vladímir Ilich Uliánov, Lenin. Pronto, el partido se divido en dos alas, la menchevique y la bolchevique, partidaria del camino revolucionario, convencida de la incapacidad de reformas del zarismo.
A comienzos del Siglo XX aparecíó un partido liberal-burgués, el Partido Democrático Constitucionalista, y en la izquierda, el Partido Socialista Revolucionario, con gran influencia entre los campesinos.
En 1905 estalló una revuelta que exigía el fin de la autocracia. Se celebró una manifestación pacífica y el zar respondíó con una contundente represión (Domingo Sangriento). Pero las manifestaciones y huelgas continuaron y los trabajadores crearon unos consejos de obreros, campesinos y soldados, denominados sóviets, para organizarse. Ante la situación, el zar se comprometíó a convocar elecciones por sufragio universal al Parlamento y a motivar una reforma agraria. Sin embargo, las promesas no se cumplieron y en pocos años el zar clausuró la Duma y gobernó de nuevo autocráticamente
 En 1914, cuando Rusia entró en la Primera Guerra Mundial, se evidenció que no estaba preparada para una guerra tan larga, dura y cara: el ejército ruso no estaba capacitado, ni los sistemas de transporte eran eficaces, ni la industria de armamento resultaba suficiente. Como los medios económicos del país se dedicaron a la guerra, el hambre aparecíó y se extendíó el malestar entre obreros, campesinos y soldados. Todo ello desacreditó al zar Nícolás II y a su gobierno.
En plena guerra, los que se opónían al zarismo sabían que era la oportunidad de acabar con el régimen y hacerse con el poder.
El 23 de Febrero de 1917 se produjo una gran manifestación en Petrogrado, seguida de una huelga general y de amotinamientos en los cuarteles. El zar abdicó y se proclamó una república dirigida por un gobierno provisional, que se comprometíó a convocar elecciones constituyentes para convertir Rusia en una democracia parlamentaria.
El nuevo gobierno, dominado por los partidos burgueses (kadetes y eseristas), inició una serie de reformas políticas y sociales. Pero al mismo tiempo decidíó mantener los compromisos con sus aliados en la guerra. Esto impedía mejorar las condiciones de vida de la población e iniciar la esperada reforma agraria.
El descontento popular aumentó, y los sóviets, que pedían la retirada de la guerra, empezaron a exigir la destitución del gobierno. La unidad de fuerzas que había derrocado al zar empezó a romperse, y se generó una dualidad de poderes entre el gobierno provisional y los sóviets.
Los bolcheviques fueron ganándose el apoyo de la mayoría de los sóviets. Su líder, Lenin, que había regresado a Rusia del exilio, propugnó las Tesis de Abril, donde marcaba la ruta a seguir: derrocar al gobierno provisional e instaurar un gobierno de sóviets obreros y campesinos, firmar la paz con Alemania, repartir las tierras entre los campesinos, ceder la dirección de las fábricas a los obreros, nacionalizar la banca y reconocer las nacionalidades del Imperio.
Los bolcheviques, con el apoyo de los sóviets, que habían creado sus propias milicias armadas, la Guardia Roja, prepararon una insurrección para el día 25 de Octubre de 1917. Los sublevados ocuparon la ciudad de Petrogrado, tomaron el Palacio de Invierno y destituyeron al gobierno provisional. La revolución se extendíó rápidamente por Moscú y los núcleos industriales del país.
El II Congreso de los Sóviets de Rusia, que se hallaba reunido en Petrogrado, proclamó un gobierno obrero que fue presidido por Lenin y en el que figuraban Trotski y Stalin.
En Noviembre de 1917 se celebraron las elecciones para la Asamblea Constituyente, que habían sido convocadas por el gobierno provisional. Los bolcheviques solo obtuvieron el 25% de los escaños, aunque su fuerza era mayoritaria en las ciudades y las zonas industriales. Ante el temor de que los grupos contrarios a la revolución se impusieran en la Duma, Lenin disolvíó la Asamblea y puso fin al pluralismo político en la nueva Rusia soviética.

El nuevo gobierno decretó las primeras medidas revolucionarias: se expropiaron las tierras para repartirlas entre los campesinos, y las fábricas quedaron bajo el control de comités obreros. Asimismo se firmó el Tratado de Brest-Litovsk (1918) con Alemania, por el que Rusia tuvo que aceptar importantes pérdidas territoriales.
Lenin fue el líder bolchevique y principal inspirador de la revolución de Octubre de 1917. En 1897 fue encarcelado y deportado a Siberia por sus actividades contra la autocracia zarista. Tras su liberación, en 1900, se exilió a Suiza. Al triunfar la revolución de Febrero, regresó a Rusia para dirigir la toma del poder por los bolcheviques.
A principios de 1918, los partidarios de la vuelta del zarismo o del liberalismo se levantaron en armas contra el gobierno de los sóviets. El denominado Ejército Blanco contó con la ayuda de tropas francesas, británicas, japonesas y norteamericanas, y se enfrentó al Ejército Rojo, organizado por los bolcheviques bajo la dirección de Trotski.
Los tres años de Guerra Civil fueron de una gran crueldad para la población, tanto por la escasez de alimentos como por los muertos en combate. En 1921, el Ejército Rojo logró imponerse militarmente pero el conflicto había contribuido al endurecimiento del régimen soviético.
El partido bolchevique, que desde 1918 había tomado el nombre de Partido Comunista de la Uníón Soviética, se hizo con el monopolio del poder, reprimíó a todos los que se le opónían y organizó una policía política para perseguir las actividades contrarrevolucionarias.
En el ámbito económico, se instauró el «comunismo de guerra», por el que se nacionalizó toda la industria, se colectivizaron las tierras y se obligó a los campesinos a entregar sus cosechas al Estado.

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