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Que significa tanatico

EL CAMPO DE ESTUDIO DE LA METAFÍSICA La metafísica se ocupa de la realidad, tal y como Parménides puso de manifiesto en un poema que está considerado como el origen de esta disciplina. De aquello que no existe no podemos ocuparnos, afirma Parménides, por lo que la primera tarea será establecer cuáles son las cosas que existen, qué tipos de realidades hay.

2-1- Los entes. En filosofía se usa con frecuencia la noción de ente para referirse a los objetos concretos e individuales que existen. Es una noción sumamente general, pues nos sirve para designar cualquier objeto. Esta palabra nos permite replantearnos la cuestión sobre cuál es el dominio que abarca el término ente. Seguramente no dudaremos en responder que son entes todas las cosas que podemos ver y tocar, todo aquello que es individual y concreto, por lo que al conjunto de cosas que percibimos mediante los sentidos lo consideraremos como una clase de entes. Consideremos, por otro lado, la noción de igualdad matemática, los números o los cuerpos que estudia la geometría. Si reflexionamos convenientemente, caeremos en la cuenta de que no existe en el mundo ningún objeto que podamos señalar con el dedo y decir: “aquí está la noción de igualdad» (así como el resto de conceptos matemáticos) no la encontramos directamente en la naturaleza. Si realmente son objetos reales, han de serlo de una manera distinta al conjunto de cosas, debido a que no podemos percibirlas ni el paso del tiempo les afecta. Por este motivo nos vemos obligados a establecer una nueva clase de entes, la de los objetos ideales.

2-2- El principio de no- contradicción. Según este principio es imposible ser y no ser a la vez y en el mismo sentido. Una persona puede ser entendida en historia medieval, pero no en historia contemporánea; sin embargo, no puede ocurrir que sea competente e incompetente en una misma materia. Este principio es fundamental ya que sin él sería imposible el conocimiento. Del principio de no-contradicción se sigue inmediatamente el principio de identidad, según el cual lo que es, es lo que es, o, dicho de otro modo, el ente es el ente. Ambos son principios naturales y evidentes y, por eso mismo, además de ser principios metafísicos referidos a la realidad, son también considerados como principios lógicos referidos a nuestro pensamiento.

2-3- La esencia y la existencia. La distinción entre esencia y existencia es muy importante cuando hacemos referencia a la realidad. La esencia es aquello que define a un ente, es la naturaleza de una cosa independientemente de su existencia. La existencia, por el contrario, es el ente actual que tenemos delante de nosotros, es lo que determina a un ente a constituirse fuera de la nada como ente, convirtiéndose en algo individual, concreto y distinto a lo demás. La esencia y la existencia son dos aspectos indisociables de cualquier ente y permiten que entendamos, por un lado, las semejanzas que hay entre diversos individuos, y, por otro, las diferencias y peculiaridades que se dan en cada uno de ellos.

2-4- ¿De qué se ocupa la metafísica? La metafísica se ocupa de estudiar la realidad, pero si atendemos al análisis de ente que hemos realizado podemos distinguir dos grandes ámbitos: El mundo: se refiere al conjunto de cosas, incluye tanto a los objetos reales, los cuales están en constante cambio y transformación, como a los ideales, caracterizados por no cambiar. Estas dos clases de entes constituyen los dos aspectos de la realidad que pueden convertirse en objeto de conocimiento. El ser humano: se refiere al ser humano concreto que vive y siente y que es consciente del mundo que lo rodea y de su finitud. La metafísica no pretende dar respuestas absolutamente verdaderas sobre estos temas ni tampoco elaborar grandes visiones del mundo. Entendemos la metafísica como el lugar de encuentro donde se discuten problemas propios de la tradición filosófica y de todas las demás actividades intelectuales desde un punto de vista unitario y global: Todas aquellas cuestiones que conciernen a la realidad y a la existencia humana son metafísicas. Esta disciplina intenta dar una explicación última y radical de la realidad

La metafísica en la Grecia clásica. Considerada en su totalidad, la metafísica griega se desarrolla en un marco de referencia determinado por dos coordenadas que veremos a continuación: La primera coordenada viene definida por la pareja de conceptos antagónicos esencia-apariencia. Los griegos entendieron por apariencia el conjunto de cualidades sensibles de una cosa: el pelo rubio de María, etc. Naturalmente, estas cualidades están sujetas a posibles cambios, pues siempre podemos teñirle el pelo a María y no por eso dejará de ser ella, María, la misma de siempre, aunque morena. En cambio, reservaron el término “esencia” para aquellas cualidades invariables de las cosas, es decir, aquellas cualidades que hacen que las cosas sean lo que son. Así, por ejemplo, aunque las cualidades accidentales del agua son muy diferentes cuando se presenta como hielo, líquido o vapor, esencialmente diferentes; pero la razón nos

dice que esencialmente se trata siempre de la misma realidad. La segunda coordenada en la que se inscribe el pensamiento griego es la de la contraposición permanencia-cambio. En términos generales se puede decir que la metafísica griega se decantó por una concepción estática de la realidad. Eso significa que los griegos consideraron que la verdadera realidad no podía experimentar cambio alguno, sino que debía ser “resistente a los cambios”, es decir, tenía que permanecer más allá o por debajo de los cambios. Consideraron que la esencia constituye la verdadera realidad de las cosas. Y dado que al conocimiento de la esencia sólo podemos llegar a través de la razón y no de los sentidos, estimaron prudente desconfiar de estos últimos, ya que nos engañan al no mostrarnos nada más que apariencias. Cada filósofo creyó encontrar la esencia de las cosas en una realidad diferente. La realidad como sustancia. Siempre se denomina “sustancia” a lo que se considera más importante o esencial de cada cosa. Así, por ejemplo, la “sustancia de una comida” está formada por sus ingredientes más nutritivos; un “negocio sustancioso” es aquel que hay sido muy ventajoso para alguna de las partes; finalmente, se dice de alguien que es una “persona de sustancia” cuando demuestra tener sensatez, buen juicio, madurez, convicciones sólidas, etc. Estos usos cotidianos estaban ya vigentes en la época de Aristóteles, a quien se considera autor de la noción filosófica de sustancia. En efecto, Aristóteles utiliza la noción de sustancia (ousía) para expresar su concepción de la estructura radical y última de la realidad. Tener realidad significa tener recursos para estar y actuar, bastarse a sí mismo. La sustancia expresa precisamente “el haber”, lo que cada cosa tiene, aquello por lo cual es autosuficiente e independiente de las demás cosas; su realidad más propia e individual, es decir, su esencia. La sustancia, así entendida, representa la estructura interna más íntima de las cosas. Aquello que, al ser la realidad más propia de cada cosa, la hace ser lo que verdaderamente es. Sin embargo, en las cosas encontramos también otras propiedades que pueden adquirirse o perderse, manteniéndose la sustancia idéntica. A estas propiedades las llamó Aristóteles accidentes de la sustancia. Cada uno de nosotros seguimos siendo sustancialmente los mismos que nacimos hace ya algunos años, pero hemos cambiado muchas de nuestras propiedades accidentales: peso, altura, conocimientos, inteligencia, destrezas, etc. Con la teoría de la sustancia también intentaba Aristóteles explicar el cambio o el movimiento de los seres. En efecto, se pueden diferenciar dos tipos de cambio: El cambio accidental, en el que se modifica alguna de las propiedades accidentales, mientras que la sustancia permanece invariable: ese árbol (sustancia) pierde las hojas en otoño (accidente) y se llena de brotes en primavera (accidente). Pero también existe un cambio sustancial, que se produce cuando es la esencia de la cosa la que se modifica: así ocurre cuando se quema la leña o cuando brota una planta a partir de una semilla. En estos casos desaparece una sustancia (leña, semilla) y se genera otra sustancia que no había antes (ceniza, planta).

La metafísica medieval. El pensamiento medieval está determinado por un elemento nuevo respecto a las coordenadas griegas: la fe cristiana, considerada como fuente de conocimiento junto a la razón y como generadora de nuevos motivos de reflexión teológica y filosófica. Es fuente de conocimiento, porque aquello que se cree por fe se considera en adelante como verdadero; pero también es fuente de reflexión, porque nadie se conforma con creer a ciegas, sino que es necesario comprender lo que se cree, al menos en cierta medida. Así, la metafísica medieval nos aporta una forma de filosofar que aspira a tomar en serio la fe religiosa. Fe y razón. La primera carácterística de esta metafísica es, por eso, la relación entre la fe y la razón, es decir, el esfuerzo por aclarar todo lo posible los presupuestos racionales de la revelación es el marco en el que se mueve la metafísica en la Edad Media. Así, por ejemplo, las demostraciones de la existencia de Dios de Tomás de Aquino pueden considerarse como expresión de la necesidad de afirmar la fuerte creencia monoteísta del cristianismo, sí como la enorme diferencia entre Dios (el ser necesario) y los seres humanos (seres limitados y contingentes). Una forma de vida. Pero, además, el cristianismo pretende ser algo más que un sistema de pensamiento o una escuela o movimiento filosófico. Es una religión que, como otras grandes religiones, ofrece un sentido para la vida y una promesa de salvación y felicidad más allá de la muerte. Por eso, la metafísica medieval se caracteriza también por el intento de organizar el sentido cristiano de la vida de la forma más racional y sistemática posible, con la idea de fondo de hacer comprensible y atractivo el modo de vida cristiano. Una actitud consecuente. En tercer lugar, la metafísica medieval es el resultado del esfuerzo de muchos filósofos por sacar todas las consecuencias de la

concepción de la vida y del mundo que habían aceptado a través de la fe cristiana. Elaboraron una nueva antropología, basada en la relación especial de los seres humanos con Dios, creados “a su imagen y semejanza”; y basada también en la libertad y la igualdad de todos los seres humanos en cuanto “hijos de Dios”. Todo lo cual implica que la humanidad es responsable de los actos que libremente realiza y que esta forma de vida que ofrece el cristianismo aspira a la universalidad, es decir, a ser válida para todos los seres humanos con independencia de su condición o estado.

La metafísica racionalista. El nombre de “Racionalismo” procede de la corriente filosófica fundada por René Descartes. Con ella se inició la Edad Moderna en filosofía, extendíéndose por Europa entre los siglos XVI y XVIII. Es la época del nacimiento y espectacular desarrollo de las ciencias, especialmente las matemáticas y la física, así como de la formación de las nacionalidades que prefiguran la Europa actual. La denominación “Racionalismo” indica la confianza en la capacidad de la razón para hallar respuestas y resolver los problemas de la humanidad. Los racionalistas entendieron que, al igual que la razón había producido enormes progresos en las ciencias, también podía hacerlo en la filosofía. Así pues, tomando como ejemplo los métodos y procedimientos científicos, se embarcaron en la tarea de desarrollar la filosofía como conocimiento riguroso y preciso. Otra carácterística relevante del Racionalismo es que plantea la cuestión del conocimiento como problema primario y fundamental. Ya no basta con conocer verdades, además hay que alcanzar certeza. Esto significa que es preciso lograr conocimientos seguros, indudables, para que sean duraderos, para que se conviertan en el cimiento que permita construir sobre ellos, al igual que sucede en las ciencias. Porque no tiene sentido construir un gran edificio metafísico sabiendo que no se va a mantener en pie durante mucho tiempo. El Racionalismo es ya una forma de idealismo. Los metafísicos racionalistas entendieron que el conocimiento no recae inmediatamente sobre la realidad, es decir, que no podemos conocer directamente las cosas. Tan sólo podemos conocer las ideas de las cosas. Por ejemplo, cuando pienso en una mesa, no tengo “la cosa mesa” en mi mente, sino solo su idea, es decir, una representación o una imagen mental de la mesa. Por eso, al idealismo en general se le plantea el problema de averiguar si las ideas que encontramos en nuestra mente se corresponden con la realidad, esto es, si son representaciones fieles de las cosas. Pues bien puede suceder que algunas de nuestras ideas, si no todas, sean solo imaginaciones y fantasías que no se parecen en nada al mundo real, aunque a nosotros no nos dé esa impresión. Un presupuesto común a estas carácterísticas del Racionalismo es la afirmación de que el mundo tiene una estructura racional, esto es, la creencia en que el universo está ordenado según criterios de la razón, que tienen carácter físico-matemático. Por eso los racionalistas entendieron que el universo era comparable a una inmensa máquina, extremadamente compleja, pero dotada de gran precisión. Como un gran reloj, cuyo mecanismo es posible comprender si usamos nuestras capacidades racionales adecuadamente (mecanicismo) El desafío de la metafísica racionalista consiste, precisamente, en la creencia en el poder absoluto de la razón para dirigir la vida de los seres humanos. ¿Es correcta esa comprensión de la razón? ¿Tiene la razón tal poder?

La crítica empirista. El Empirismo es un movimiento muy amplio, que se desarrolla durante los siglos XVI y XVII. En tanto que es una forma de criticismo, se preocupa especialmente por el problema del conocimiento, de su verdad y de su legitimidad. Salvando las diferencias entre los autores pertenecientes a esta corriente, genéricamente se advierte una actitud antimetafísica derivada de su peculiar forma de entender el conocimiento. Los empiristas sostienen que el origen, límite y legitimidad de nuestro conocimiento está en la experiencia sensible. Al nacer, nuestra mente es como un “papel en blanco” o una “tabla rasa”; no disponemos de ningún conocimiento previo o innato, por lo que todas las ideas han de proceder de la experiencia sensible. Pero tampoco podemos tener conocimiento de realidades que no se puedan captar mediante los sentidos, puesto que sólo hay conocimiento legítimo de aquello que puedo percibir sensiblemente. Por eso, el Empirismo es antimetafísico: porque niega rotundamente cualquier intento de ir “más allá” (metá) de lo meramente sensible. El interés de los empiristas se centra en muchas ocasiones en la investigación de los mecanismos psicológicos responsables de las ideas que encontramos en nuestra mente. Pensaban que descubriendo esos procesos tendrían la clave que les permitiría estar

completamente seguros de lo que conocemos. Porque lo que perseguían los empiristas era la certeza, la seguridad de que lo conocido es auténticamente verdadero. Sin embargo, la búsqueda de la certeza en la simple y pura experiencia sensible tendrá unos resultados inesperados, Así se confirman en el pensamiento de Hume, considerado como la culminación del Empirismo. Su método consiste en buscar la impresión sensible de la que procede cada una de las ideas principales de la metafísica: yo o alma, Dios, causa, sustancia, etc. Hume no encuentra ninguna sensación que dé lugar a estas ideas, siendo posible explicar su formación por otros mecanismos psicológicos como el hábito o la costumbre. Por ejemplo, la idea de Dios procede de la asociación de otras ideas como infinitud, ser, omnipotencia,etc. Tal asociación es semejante a la que podemos realizar entre la idea de montaña y la idea de oro, y no por eso decimos que existe una montaña de oro. Como no hay ninguna experiencia sensible que legitime los conceptos clave de la metafísica, no queda más que desterrarla del campo de los saberes. El pensamiento de Hume acaba, así en el escepticismo: sólo puedo tener certeza de lo que percibo, todo lo demás es dudoso.

La crítica marxista. Se suele entender que el pensamiento de Marx y Engels, el marxismo en sentido estricto, formulado en el Siglo XIX, ha adoptado siempre una actitud antimetafísica. Esta actitud se debe, básicamente, a dos razones: en primer lugar, a que el marxismo cree disponer de un tipo de pensamiento más dinámico, que puede reemplazar ventajosamente a la metafísica, como es el materialismo dialéctico; en segundo lugar, porque entiende que la metafísica es un pensamiento ideológico que ha de ser criticado y eliminado. Veamos esto. La raíz más básica del pensamiento de Marx está en su concepción dialéctica del materialismo, que se deriva, en parte, de la dialéctica idealista de Hegel. Según el materialismo dialéctico, solo la materia es real, junto con sus transformaciones, cambios y evoluciones. La mejor forma de explicar estas transformaciones es recurriendo a la dialéctica, según la cual todos los proceso naturales y sociales ocurren por contradicción y por negación de la negación. Cualquier realidad nueva surge como contradicción respecto a un primer estado (negación), que a su vez es negado (negación de la negación), producíéndose una vuelta a un estado semejante al primero, pero en una condición diferente y, en principio, más avanzada. Esta explicación pretende ser universal y válida tanto para la naturaleza como para la sociedad y el pensamiento. Por otra parte, Marx critica a la filosofía debido a la función ideológica que ha venido desempeñando. La filosofía ha interpretado el mundo, ha producido cosmovisiones, concepciones de la vida y del universo. Pero lo ha hecho siempre desde los intereses de la clase social dominante, es decir, del grupo social poseedor del dinero y demás recursos económicos. De esta forma, la filosofía en general y la metafísica en particular, junto con otras manifestaciones culturales, se han convertido en instrumentos de legitimación de un orden social y económico injusto. La metafísica sería otra expresión más de la conciencia invertida, según la cual son las ideas (razón, espíritu) las que impulsan el acontecer histórico. Por eso Marx afirma que la misión de la filosofía es la transformación del mundo, comenzando por las condiciones materiales de producción de la vida humana, especialmente las condiciones económicas, que son las que verdaderamente mueven el mundo. Algunos aspectos del pensamiento marxista se pueden interpretar, ciertamente, en un sentido metafísico. Es decir, más que una crítica a la metafísica, el marxismo criticaría una determinada manera de hacer metafísica: la que se transforma en ideología y la que contribuye a la explotación de uno seres humanos por otros. He aquí, pues, una provocación del pensamiento marxista: la elaboración de concepciones metafísicas que colaboren en la emancipación de la humanidad.

La crítica nietzscheana. Lo carácterístico de la crítica de Nietzsche (1844-1900) a la metafísica es que adopta una perspectiva genealógica. Nietzsche ya no confía en poder reconstruir un orden racional en el que la metafísica pueda desempeñar aún algún cometido, como intentó Kant o incluso Marx. La crítica genealógica pretende “derribar los ídolos” sobre los que asienta el “instinto metafísico”. Intentará descubrir la relación entre la metafísica y las vivencias más básicas de los seres humanos, aquellos sentimientos y experiencias que impulsaron, y aún impulsan, hacia ese tipo de pensamiento que llamamos metafísica. El núcleo de la crítica de Nietzsche es su rechazo de todo dualismo. Desde la antigüedad griega, toda la historia de la metafísica ha estado presidida por algún tipo de dualismo: esencia/ apariencia,

sensible/racional, sustancia/ accidente, etc. Eso significa que, especialmente desde Platón, el pensamiento metafísico ha ideado otro mundo, distinto de éste, el único que poseemos; y, además, asegura reiteradamente que ése es el mundo verdadero. Ese otro mundo, dice Nietzsche, no es más que una invención recelosa, producto de la inseguridad y del miedo a la vida. Lo que el ser humano busca en ese otro mundo es la seguridad de lo duradero y lo fijo, de lo estable y definitivo, frente a la inseguridad y el azar del devenir incesante, del cambio y la ebullición permanente que son carácterística de la vida. Así, rechazando esta permanente transformación, se genera la ficción de otro mundo del “ser”, de la “verdad” y del “bien”. Inventar un “mundo verdadero” opuesto a un “mundo aparente” ha sido, sin duda, el mayor error de la metafísica y aun de la cultura occidental. Los principales conceptos metafísicos, los pilares sobre los que instauró ese “trasmundo” metafísico, son para Nietzsche engaños gramaticales o lingüísticos cuyo trasfondo último es la razón. Si acudimos a la genealogía del lenguaje, descubrimos que los conceptos con el resultado de la unificación, simplificación y regularización a que está sometida la realidad por parte de la razón: ¿a cuántos individuos distintos, en situaciones diferentes, podemos aplicar el concepto “hoja”? ¿Qué queda de la “cosa hoja” en su concepto? Según Nietzsche, los conceptos no son más que residuos de metáforas, o también metáforas olvidadas que han perdido su fuerza sensible: como monedas gastadas que han perdido su valor facial y ya solo cuentan por el metal del que están hechas. Por eso, el pensamiento conceptual, los mismos conceptos, son opuestos a la vida. La genealogía del lenguaje nos ha conducido hasta un instinto humano básico, consistente en construir metáforas, que no han de terminar siempre en conceptos. Una posibilidad que inaugura Nietzsche es intentar un “rejuvenecimiento de las metáforas”, como dice Paúl Ricoeur en un sentido hermenéutico, presuponiendo que la génesis de los conceptos no se puede explicar íntegramente solo por el desgaste de las metáforas.

La teoría del conocimiento o gnoseología Es la disciplina filosófica que intenta definir qué es el conocimiento, explicar su proceso de constitución y establecer sus límites y posibilidades. Conocer es obtener información del mundo que nos rodea, sea natural o social, representarnos la realidad y justificar nuestras creencias. El acto de conocer es un proceso complejo en el que intervienen aspectos biológicos, cerebrales, lingüísticos, culturales, sociales e históricos y no se puede disociar de la vida humana ni de las relaciones sociales. En el proceso de conocer intervienen las sensaciones que percibimos por los sentidos; a partir de ellas obtenemos información sobre el mundo. A la capacidad de recibir sensaciones la vamos a llamar sensibilidad. Nos representamos la realidad mediante los conceptos del pensamiento: mediante la abstracción el pensamiento identifica las propiedades comunes a una variedad de objetos y formamos conceptos con las carácterísticas comunes de esos objetos. Por ejemplo, al percibir muchos perros distintos formamos el concepto de “perro”, o al percibir gatos, perros y caballos formamos el concepto de “animal”. Pero además el pensamiento elabora lo que llamaremos proposiciones. Las proposiciones son enunciados u oraciones declarativas (afirman o niegan algo) que pueden ser verdaderas o falsas. Por ejemplo “La nieve es blanca”, “Los hombres son mortales”, “La Tierra gira alrededor del Sol”, etc. No se consideran proposiciones las interrogaciones (“¿Dónde está Juan?”), las exclamaciones (“¡Ojalá que apruebe el curso!”) o las oraciones imperativas (“¡Vete de aquí!”). Para asegurarnos de la verdad o falsedad de nuestras proposiciones es necesario justificarlas, dar razones de por qué las aceptamos o rechazamos. Aquí es donde interviene la razón, que tiene como finalidad justificar y dar razones acerca de la verdad o falsedad de nuestras afirmaciones. Por tanto, podemos decir que el objetivo último del conocimiento es distinguir la verdad de la falsedad o, de manera más simple, el objetivo del conocimiento es cómo conseguir la verdad. En este proceso la sensación recibe información del mundo exterior y la mente procesa esos datos mediante la percepción. El pensamiento, por su parte, forma conceptos y proposiciones sobre el mundo. Por último, la razón tiene como función justificar (o criticar) la verdad de nuestras afirmaciones.

Elementos que intervienen en el conocimiento. El conocimiento es una relación entre un sujeto que conoce y un objeto conocido. Los elementos que intervienen en la relación cognoscitiva son los siguientes: 1. El objeto. Es aquella parte de la realidad que puede ser captada por nuestras estructuras cognitivas. Es objetivo todo lo que hace referencia al objeto. 2. El sujeto. Es quién conoce y su intención es apropiarse mental o intelectualmente de un objeto que antes no conocía. Posee unas capacidades cognitivas que limitan y configuran sus posibilidades de conocer el objeto (percepción, memoria, imaginación, pensamiento, lenguaje) Está condicionado además por factores de carácter sociológico, histórico, cultural, práctico, etc. Es subjetivo todo lo que hace referencia al sujeto. 3. La representación del objeto por el sujeto. Es el resultado del proceso de conocer y se refiere a los conceptos e ideas mediante los que el sujeto capta la realidad del objeto. Así pues, puede decirse que el objeto del conocimiento es la realidad o la cosa misma que conozco, pero la conozco solamente tal y como me la represento: conocemos las cosas a través de las representaciones mentales o ideas que nos hacemos de ellas. Ello explica que se pueda decir que el objeto es construido por el sujeto, que sólo podemos conocer las cosas mediante la representación mental que nos hacemos de ellas.

Sensibilidad: sensación y percepción En principio, podemos considerar que el conocimiento de la realidad comienza con la captación de sensaciones. A través de los sentidos recibimos información del mundo que nos rodea. Estímulos sensoriales inciden sobre nuestros órganos sensoriales provocando en ellos alteraciones de carácter físico o químico. Éstos transmiten cierta corriente nerviosa al cerebro provocando en él una reacción. El resultado de este proceso son las sensaciones, la captación de cualidades sensibles o datos sensoriales. De este modo vemos la luz y los colores, oímos sonidos y ruidos, captamos distintos olores a través del olfato, sentimos calor o frío, etc. Es todos estos casos se trata de sensaciones. Los sentidos son las fuentes principales de nuestra experiencia del mundo, porque nos dan información del entorno, de manera que a mayor agudeza sensorial mayor capacidad para captar la infinita riqueza de la realidad en la que vivimos. Nuestra agudeza perceptiva es la que marca la diferencia entre oír y escuchar, probar y degustar, tocar y palpar, ver y observar, oler y olfatear. SENSACIÓN (nivel fisiológico): detectar algo a través de los sentidos (vista, oído, olfato, gusto, tacto, etc.) sin que haya sido elaborado o tenga un significado. La sensación se produce en el cerebro, por ejemplo, un color, un sabor, un olor, una dimensión, etc. Sin embargo, tener sensaciones no es sin más percibir. La percepción es un proceso complejo del que la sensación es sólo uno de sus momentos. La percepción no es una mera suma de sensaciones que nos llegan a través de los sentidos, sino que incluye la forma en que el sujeto organiza la información recibida, según sus deseos, necesidades y experiencias. Aunque las sensaciones constituyen el material básico de nuestra percepción de los objetos del mundo, es un hecho incuestionable que no captamos cualidades sensibles aisladas. Cuando cogemos una manzana, no captamos sensaciones aisladas, no captamos meramente manchas de color verde y rojo, y además e independientemente, un cierto olor y diversas sensaciones táctiles de tersura, dureza o frescura y, por otra parte, un agradable sabor agridulce: vemos, tocamos y gustamos un objeto único, una manzana.Esta sencilla experiencia muestra la diferencia existente entre sensación y percepción. Por medio de la percepción captamos objetos, situaciones, totalidades que poseen un sentido para nosotros. La percepción implica un proceso de organización, integración e interpretación de las sensaciones. PERCEPCIÓN (nivel psicológico): proceso constructivo por el que organizamos las sensaciones y captamos objetos o formas dotadas de significado. La percepción es un proceso constructivo que depende de las carácterísticas del estímulo y de las experiencias del sujeto que percibe. El sujeto que percibe forma parte de una cultura; al percibir, está condicionado por sus aprendizajes y experiencias previas, su personalidad, sus motivaciones, expectativas y la cultura de la que forma parte. En suma, no es lo mismo un proceso sensorial (sensación) que un proceso perceptual (percepción) El proceso sensorial sólo implica la detección y discriminación de la estimulación a través de los órganos de los sentidos. El proceso perceptual requiere ya una cierta interpretación por parte del sujeto de una o varias sensaciones. En la sensación somos pasivos: nos limitamos a recoger la información del medio. Pero entre lo que “sentimos” y lo que “percibimos” existe una diferencia porque en la percepción somos activos: partiendo de la materia prima que nos proporcionan las sensaciones, las ordenamos, interpretamos y damos significado (sin esa interpretación serían un conjunto de sensaciones inconexas).

Ejemplo: imaginemos una persona que tuvo en su infancia un perro Dóberman al que tenía cariño. Otra persona fue atacada en su niñez por un perro de esta misma raza. Supongamos que, años después, caminan juntos por la calle y se encuentran con uno de estos perros. La sensación es la misma para los dos (perro Dóberman), pero la percepción es muy distinta: a uno le despierta sentimientos positivos mientras que el otro, probablemente salga huyendo. En este caso, una sensación común para ambas personas provoca percepciones muy distintas que se traducen, a su vez, en comportamientos muy diferentes.

El pensamiento: abstracción y concepto Los problemas de la percepción indican que no siempre percibimos la realidad como es realmente. Para conocer, entonces, no podemos basarnos única y exclusivamente en la percepción. Es necesario la utilización de la razón y el pensamiento. Percibir es siempre percibir algo (un objeto o una situación) como algo con sentido (una manzana, un árbol, una persona, etc.). “Manzana”, “árbol” o “persona” son conceptos. Puesto que cuando percibimos una cosa la reconocemos como tal (como manzana, como árbol, como persona) y reconocemos las cosas mediante conceptos, podemos afirmar que en la percepción intervienen los conceptos. La diferencia fundamental estriba en que en la percepción se captan siempre realidades singulares y constituyen un conocimiento directo de la realidad; en cambio, los conceptos son representaciones universales y abstractas mediante las cuales conocemos las realidades singulares. Los conceptos como representaciones universales y abstractas Los conceptos sirven para representarnos mentalmente los objetos y comprender la realidad. El concepto como representación universal. En la percepción se captan siempre realidades singulares, objetos individuales. Percibimos este árbol, el que está aquí, con sus colores y formas individuales que lo distinguen de los demás árboles. No percibimos un árbol en general. El árbol en general es una representación mental que puede recoger las carácterísticas de cualquier árbol. Es un concepto y como tal es universal. El concepto de árbol es aplicable a cualquier árbol particular: los objetos singulares que percibimos no son sino casos particulares de lo representado en el concepto. El concepto como representación abstracta. A ser universal, el concepto es necesariamente más pobre que la percepción. Así el concepto de mujer representa solamente ciertos rasgos de María. En el concepto de mujer no están incluidos rasgos carácterísticos de María como, por ejemplo, el tener los ojos negros y la piel morena. El concepto separa y retiene los rasgos comunes a una pluralidad de individuos, prescindiendo de los rasgos no compartidos por todos ellos. Esto es lo que se pretende subrayar cuando se afirma que los conceptos son representaciones abstractas. Así, podemos definir los conceptos como representaciones universales y abstractas de los objetos. El concepto es universal porque es válido para una pluralidad de individuos que presentan unas carácterísticas comunes y es abstracto porque separa (abstraer significa separar) y retiene solamente los rasgos comunes a todos ellos. Grados en el conocimiento. Opinión, creencia y saber. Tanto nuestro conocimiento perceptivo como nuestro conocimiento conceptual pueden adoptar diversos grados de seguridad con respecto a sus objetos. Según tengamos un sentimiento de mayor o menor seguridad acerca de nuestras afirmaciones tendremos un tipo o grado de conocimiento distinto. Duda: es cuando no podemos aceptar o rechazar una afirmación porque las razones a favor y en contra tienen el mismo peso. Nos lleva a la suspensión de juicio respecto de esa cuestión: no nos vemos capaces de pronunciarnos en un sentido u otro. Opinión o creencia: es una apreciación subjetiva de la que no podemos decir que estemos seguros y de la que tampoco poseemos pruebas suficientes para demostrarla. Precisamente esta incapacidad para justificar nuestras creencias es lo que las distingue del verdadero conocimiento. A diferencia de la certeza, que no admite duda, la opinión sí. La opinión parte de una duda en la que unas razones pesan más que las otras. Aunque no se puede acabar de justificar, en la opinión hay siempre una clara inclinación hacia la afirmación o la negación. Conocimiento o saber: es una creencia de la que estamos seguros, que expresa certeza, pero que además podemos probar. Poder justificar racionalmente algo (dar razones de) es lo carácterístico del conocimiento. Lo que se persigue al justificar, es decir, al poder dar pruebas y argumentos de una creencia es establecer una verdad objetiva mediante el uso del método racional.

La idea de razón La razón tendría que ver con la capacidad de pensar de forma lógica y poder expresar dichos pensamientos mediante el lenguaje. Sin embargo, como no consideramos racional cualquier forma de pensamiento (a menudo hablamos de creencias y acciones irracionales), llamamos racionalidad a aquella forma o método de usar la razón que garantizase la justificación y coherencia de nuestras creencias y acciones. Así, la racionalidad es una forma de pensar y actuar que presupone un uso determinado y correcto de la razón. Este uso de la razón ha de tener como consecuencia el poder dar razones (pruebas, justificaciones, etc.) de lo que se cree, se piensa o se hace. Las carácterísticas de este modo de usar la razón son las siguientes: Universalidad. Es una forma de proceder en el conocimiento y la acción que no es exclusivo de una cultura o sociedad, sino que el propio de la especie humana. Todo ser humano por el hecho de serlo, tiene en sí mismo la posibilidad de ser racional. Recuerda las palabras de Savater cuando hablaba de la universalidad de la razón. Si una creencia mía se apoya en argumentos racionales, no pueden ser racionales sólo para mí. Lo carácterístico de la razón es que nunca es exclusivamente mi razón. De aquí proviene la esencial universalidad de la razón. Esa universalidad significa, primero que la razón es universal en el sentido de que todos los hombres la poseen, incluso los que la usan peor (los más tontos para entendernos), de modo que con atención y paciencia todos podríamos convenir en los mismos argumentos sobre algunas cuestiones; y segundo, que la fuerza de convicción de los razonamientos es comprensible para cualquiera, con tal de que se decida a seguir el método racional, de modo que la razón puede servir de árbitro para zanjar muchas disputas entre los hombres. Esa facultad (¿ese conjunto de facultades?) llamada razón es precisamente lo que todos los humanos tenemos en común y en ello se funda nuestra humanidad compartida. Fernando SAVATER, Las preguntas de la vida, Barcelona, Ariel, 1999

Eficacia. Es el método más adecuado para conseguir nuestros fines y metas. La eficacia hace referencia a la utilización de los medios más adecuados para conseguir un fin. Una acción racional es aquella que teniendo en cuenta el conocimiento de la persona, tiene mayores probabilidades de alcanzar su objetivo. La racionalidad sólo se puede medir a la luz de lo que la persona sabe: sería absurdo que alguien mínimamente familiarizado con la astronomía tratara de alcanzar la luna subíéndose a un árbol, pero la misma conducta en un niño podría ser considerada racional, aunque algo insensata. Coherencia. Tiene en cuenta todo el conjunto de creencias y acciones del sujeto. Ser racionales es ser consecuentes, de manera que no se produzcan contradicciones ni incompatibilidades entre varias de nuestras creencias y acciones. Crítica. Considera sus resultados revisables y criticables. Las creencias racionales no se aceptan de forma dogmática y acrítica como si fueran verdades incuestionables, sino como verdades probables y provisionalmente satisfactorias. Así es propio del comportamiento racional un talante crítico y abierto. Ahora bien, recuerda que no hay crítica sin criterios. Autonomía. Es independiente de toda presión externa. Cuando nos conducimos racionalmente, sólo hemos de tener en cuenta los criterios, la pruebas y razones que establece la propia racionalidad, no necesitamos acudir a dictáMenes externos de otras instancias como la autoridad, los prejuicios, las supersticiones o los mitos. Lógica y argumentativa. La racionalidad implica el uso de reglas lógicas y la construcción de argumentos correctos que permitan justificar nuestras opiniones y creencias.

La verdad como propiedad del entendimiento: verdad y proposición El conocimiento se define como creencia verdadera justificada, pero nuestras creencias se expresan en forma de proposiciones o enunciados u oraciones declarativas (afirman o niegan algo) que pueden ser verdaderas o falsas. Las proposiciones son la expresión lingüística de la operación mental que hemos llamado pensamiento (el pensamiento une conceptos para formar proposiciones). Por eso, desde el punto de vista epistemológico, puede decirse que nuestro saber acerca de la realidad es un saber proposicional. La verdad se entiende como una propiedad del entendimiento cuando se aplica a proposiciones (obtenidas por nuestra capacidad de pensar). A su vez, las proposiciones pueden ser empíricas o formales: Proposiciones empíricas (de empireia o experiencia): aquellas proposiciones que afirman o niegan algo acerca de los hechos del mundo. O, lo que es lo mismo, aquellas proposiciones con contenido empírico que se puede contrastar con la experiencia. Por ejemplo, “la Tierra se mueve alrededor del Sol” o “los mamíferos son animales”. Proposiciones formales: proposiciones que no tienen contenido empírico, no se refieren a los

hechos del mundo, sino que establecen relaciones entre símbolos. Por ejemplo, “la recta es la distancia más corta entre dos puntos”, “cinco más cinco es igual a diez”. Las proposiciones de la Lógica y las Matemáticas son proposiciones formales. Las proposiciones formales se considerarán verdaderas si no entran en contradicción con las proposiciones del sistema al que pertenezcan. La verdad es una condición necesaria del conocimiento o saber, pero no es suficiente. Hace falta saber cómo se justifica dicha verdad, esto es, es necesario un criterio que permita distinguir la verdad de la falsedad. En el siguiente apartado trataremos de las distintas teorías acerca de la verdad y los criterios para distinguir la verdad del error

3.2.- El problema del criterio de verdad o la justificación de nuestras creencias Para determinar si una proposición es verdadera o falsa se ha propuesto distintos criterios de verdad. Un criterio de verdad es una carácterística o procedimiento para distinguir la verdad de la falsedad y estar seguros del valor de una proposición. Los principales criterios que se han propuesto son los siguientes:

1. La verdad como adecuación. El criterio que utiliza para determinar si algo es verdadero o no es la correspondencia entre el pensamiento y la realidad. Lo que pensamos será verdadero si al comprobarlo coincide con la realidad empírica. Y como el pensamiento se expresa en el lenguaje, el criterio consiste en establecer la adecuación o correspondencia entre lo que se dice y la realidad a la que se refiere. La comprobación experimental es una forma de buscar esa adecuación. Así pues, según este criterio, una proposición es verdadera cuando hay correspondencia entre lo que dice que sucede y lo que comprobamos por medio de la experiencia. El método científico se presenta entonces como un método para justificar el valor de las proposiciones empíricas. Sin embargo, dejando de lado lo que pueda significar “correspondencia” o “adecuación”, el método científico no es infalible ya que en cualquier momento una verdad firmemente establecida puede ser refutada y sustituida por otra. Así, por ejemplo, la teoría de la evolución refutó y sustituyó la creencia en el carácter fijo y estable de las especies o, en Astronomía, la teoría geocéntrica fue sustituida por la teoría heliocéntrica en el inicio de la Modernidad. 2. La verdad como coherencia. Esta teoría considera verdadera una proposición si no entra en contradicción con el resto de las proposiciones aceptadas. Esta teoría utiliza como criterio de verdad la coherencia de las proposiciones, cuya verdad depende, como hemos dicho, de su no contradicción con el conjunto de proposiciones que tenemos por verdaderas. Tal criterio vale, sin duda, cuando se trata de proposiciones que no se refieren a la realidad (caso de las proposiciones de la Lógica y las Matemáticas). Pero el criterio puede valer también para proposiciones acerca del mundo físico. Así en la Física se puede considerar “verdadera” aquella proposición que está de acuerdo con el conjunto de proposiciones ya aceptadas como fiables. Así, cuando vemos que una cuchara “aparece” doblada al introducirla en un vaso, esa creencia no es coherente con lo que sabemos acerca de la acción del agua sobre los sólidos ni con las leyes de la refracción de la luz. Por eso muchas veces no damos credibilidad a los hechos extraordinarios, como aquel que afirma haber visto un OVNI: no es coherente con el acontecer diario. El problema de este criterio es que un conjunto de proposiciones puede ser coherente y no corresponderse con la realidad. Por ejemplo, un paranoico puede ofrecer un relato coherente del mundo imaginario en el que cree vivir y su relato ser totalmente falso. 3. Teoría pragmática de la verdad. El pragmatismo acepta la idea de la adecuación, pero la interpreta de tal modo que acaba distanciándose de ella. Porque el pragmatismo introduce en su teoría de la verdad la dimensión práctica, la consideración de la utilidad de los enunciados para resolver los problemas vitales, cosa que no hace la teoría clásica de la adecuación. Utiliza como criterio la utilidad, de manera que una proposición será verdadera cuando su contenido sea beneficioso y útil para nosotros, cuando nos permita orientarnos en la realidad y avanzar en el conocimiento. El problema de este criterio es que una verdad puede ser útil pero no ser moralmente aceptable. Seguro que puedes poner multitud de ejemplos. 4. La evidencia. Es la absoluta claridad con la que algo se nos presenta como verdadero. Lo evidente es lo que se presenta como indiscutible de forma inmediata, como intuitivamente verdadero. En el orden de la razón se han considerado evidentes los llamados primeros principios, como el principio de identidad, y el de no contradicción (evidencia racional); en el orden de la percepción, los datos de los sentidos se presentan como evidentes (evidencia sensible). Tampoco este criterio es absolutamente fiable. Los prejuicios, las ideologías o incluso las propias creencias culturales producen a menudo falsas evidencias: muchas veces las personas suelen tomar como evidente los que confirma sus intereses y prejuicios. Por otra parte, también

cabe dudar de las evidencias de los sentidos, como se pone de manifiesto en las alucinaciones e ilusiones. 5.- Otros criterios de verdad utilizados son la autoridad o la tradición. De todo lo dicho podemos concluir que no hay ningún criterio de verdad que sea absoluto en lo que respecta a los conocimientos empíricos. Esto no significa que la tarea de encontrar la verdad sea una tarea inútil, todo lo contrario. La utilización de la razón y la actitud crítica, que consiste en revisar nuestros conocimientos o creencias y rechazarlos si no están debidamente justificados, supone al menos, y no es poco, una tarea negativa absolutamente necesaria en la lucha contra la ignorancia, la manipulación y el error, la refutación de aquellas verdades y prejuicios comúnmente admitidos que entorpecen la consecución de nuestra metas individuales y colectivas. La utilización de la razón y el mantener una actitud crítica es el mejor antídoto contra toda clase de fundamentalismo y dogmatismo que impida la libertad de las personas y que, en el mundo de hoy, son las mayores fuentes de intolerancia. La Filosofía se presenta, así como un servicio público que consiste en evaluar críticamente las mejores soluciones para vivir mejor tanto individual como colectivamente. Por eso puede decirse que la búsqueda de la verdad, de las verdades mejor justificadas, posee un interés no sólo teórico sino también práctico (praxis=acción).

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